miércoles, 18 de abril de 2012

Decimotercero: Escepticismo

  No creo que exista un dios. Pero no hay que ir muy lejos para encontrar el cielo o el infierno. Alguien me dijo que es imposible vivir en este mundo y no sufrir. Esto, que ciertamente no es más que una obviedad, se me antojó en el momento un descubrimiento inesperado, como si nunca lo hubiera sabido. Inmediatamente pensé, me acuerdo, que esa porción de cielo podría ser algo disfrazado de un momento en apariencia intrascendente; lo mismo una porción de infierno.

  Cada uno de nosotros tiene, algunos sin saberlo, un paraíso personal. No a la manera del kitsch, aquel que erige el creyente en su terca ceguera irracional (en su profundo terror a la muerte absoluta), sino auténtico. La concepción del mundo y todo lo que hay en él difiere entre cada persona por tener una visión propia y limitada a través de su lente, y de esta forma difiere su porción de cielo. También es el motor del odio y del amor.

Un dios no vería a través de una lente; lo sería todo. Y odiaría.

martes, 14 de junio de 2011

Duodécimo: Encargada

  Me observarás cuando estemos cerca, Sandra, furtivamente. Yo estaré trabajando en alguna parte del sector, vos en tu escritorio y mis eventuales consultas de novato sobre esto o aquello que sé muy bien siempre te irritan. Presto y condescendiente me arrimo para incomodarte, pero algo reparo antes de articular palabra, y es tu extraña cara. Parece una caricatura, es cierto, adecuada tanto para el rigor como para la indulgencia, redonda, estirada todavía a tu edad, con una boca hasta graciosa y ojos achinados.

  Ciclotímica, tal vez te sentís respetada porque nadie te discute, pero a tus espaldas pocos dejan de burlarse. ¿Cómo encargarse de dirigir el trabajo si te cuesta, literalmente, llevarte un tenedor a la boca? Acaso conozcas tus limitaciones y confiás en que nadie se de cuenta todavía, pero varios te hemos descubierto.

  Veo siempre con un asco leve tu cuerpo hinchado debajo del delantal azul. Yo sé lo que sos aunque me hayas caído bien en un primer momento, Sandra. Mi trato formal disfraza en realidad mis pensamientos pero es necesario si quiero conservar el trabajo un poco más. Quizás en un futuro cercano, cuando me haya hecho mangos suficientes, te mire casi riendo y, con la certeza de que afuera me espera un sol renovado, me saque la cofia y la tire contra tu esporádico maltrato. Entonces seré yo el grosero y no será necesario expresarme como lo hago ahora en este texto, tan ridículamente prolijo. Voy a poder respirar de una vez por todas con sentidas palabras al decirte que sos una gorda de mierda y te podés ir a la recalcada concha de tu madre.

Puta.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Undécimo: Cigarrillos


  Yo tengo veintiún años y creo que mis padres todavía no saben que fumo, lo cual es indiscutible evidencia de mi estupidez. En realidad me gustaría decir que no lo saben, pero considero que no existen sobre el planeta padres tan distraídos como para no sospechar, aunque sea un poco, que su hijo fuma. Empecé a los dieciocho como quien dice "a ver", pero en esa época fumaba con ganas… hoy me parece mucho dos cigarrillos por día. Lo que acabo de escribir es bueno.

  Cuando uno se acostumbra a darle vueltas al parque Centenario en un valeroso y también ingenuo intento por embellecerse descubre no sin placer que hay otros beneficios. La impresión que tiene el novato a mediano plazo es que los pulmones se fortalecen y el corazón se aleja cada vez más de posibles enfermedades o infartos. Para una persona que estaba acostumbrada a puro fierro esto es todo un descubrimiento, y de los buenos. Antes no podía correr el colectivo; ahora lo corro con ganas y me sobre energía.

  La mejor parte viene los viernes o sábados. Entro a un bar, me pido una cerveza y a los cinco minutos tengo un cigarrillo en la boca. Le siento un gusto asqueroso, lo alejo de mi cara para observarlo con minuciosidad y comprobar que es lo mismo que fumaba antes. Otra prueba de mi estupidez es haber tardado tanto en sentirles el verdadero y asqueroso sabor, por eso ahora lo estoy dejando de a poco.

Me parece que voy a probar el faso.

viernes, 18 de febrero de 2011

Décimo: Mate

  De pendejo, yo lo veía como una sugestión estúpida. Me negaba a entender lo agradable de la bebida, tan amarga como familiar. Era cosa de grandes, pensaba, así que cuando mi señor viejo se distraía un momento y dejaba la silla, el televisor, la pava, la mesa y demás por acción de algo que ignoro, yo me sentaba en su lugar. Ya con el mate lavado y frío buscaba azúcar en la cocina para ponerle a gusto, lo que por supuesto eran toneladas… sino no era rico. Quizás le tomé el gusto como quien le roba un cigarrillo a la tía y se termina convirtiendo en un fumador empedernido.

  Siempre digo lo mismo, lo admito, pero es cierto: no se en qué momento me transformé en una persona que escucha los Beatles, se deja la barba y toma mate incluso en soledad. Todas esas cosas van en contra de lo que muchos me habrán considerado alguna vez. Aunque ya no me deje la barba me sigo descubriendo, solo, frente al monitor y contento con un termo nuevo para cebar mis mates amargos. Amargos, encima, qué hijo de puta. El termo es muy bonito, a veces me asusta lo fácil que soy.

  La influencia de los amigos no es omisible, porque más de uno es un poco hippie, y más de uno me ha empujado hacia el sano vicio. Ahora estoy del otro lado, como me pasó con los Beatles. Me aburre escuchar a la gente que considera tarados y poco originales a quienes toman mate, estando tan seguros de que su crítica sí es original. No me perdono haber pertenecido a esa clase. Pasaron más de diez años desde que yo le robaba mates a padre; ahora los tomo oficialmente.

A veces lo tomo dulce porque soy maricón.

martes, 23 de noviembre de 2010

Noveno: inglés


  No es mi intención escupir odio como acostumbraba hacer a los quince años, por eso no me voy a explayar demasiado. No me voy a explayar demasiado, además, porque soy conciente de lo desagradable que resulta alguien que de todo se queja y todo critica negativamente. Quiero comentar, y sólo porque tengo ganas, que aborrezco a la gente que se jacta de estar versada en la lengua inglesa. Sí, gente que cree estar luciéndose sin llegar a descubrir que en realidad parecen unos idiotas.

  Lo mío no es envidia. Es decir, yo también se suficiente inglés… pero no me la paso intercalando palabras en mi discurso patéticamente. Me tocó varias veces cruzarme con personajes insoportables, con una actitud presumida, por conversar entre ellos a los gritos en un inglés fluido que la mayoría no tiene. Sí, ya entendí. Ya entendimos todos. Tenés un inglés fluído, lo cual te ubica en una posición superior a la nuestra, que solamente podemos recitar la letra de alguna que otra canción de AC/DC. Sos genial.

  Perdón, en serio. Porque puede ser que alguno de ustedes haga esas cosas y lo último que quiero es que me manden a la mierda. Pero lo digo de verdad: es insoportable. No tiene nada de malo estudiar el idioma y disfrutarlo, compartirlo con otros y querer mostrar nuestro progreso a quien sea practicándolo todos los días, pero por favor… un poco de humildad no le viene mal a nadie.


 
(…)

But I, being poor, have only my dreams;
I have spread my dreams under your feet;
Tread softly because you tread on my dreams.

martes, 9 de noviembre de 2010

Octavo: Celular

  Que tenía que usarlo. Que necesitaba uno para ellos poder enterarse si volvía a casa, o para corroborar por lo menos que estuviera vivo. Y yo respondiendo que durante tanto tiempo hemos habitado un planeta surcando nuestra existencia de mierda sin un puto celular. No quería ser canchero, uno más del montón.

  Pero como Felipe bien decía, terminaba siendo uno más que viene a engrosar el montón de los que no quieren ser uno más del montón. Mi originalidad, sustentada en el hecho de no tener celular, se convertía en una suerte de chiste estúpido muchas veces malinterpretado como rebeldía contra el sistema capitalista. La rebeldía era contra lo que yo consideraba común y propio de la masa insulsa (vamos Gabriel, como si vos fueras superior). No es que me sintiera desconectado del mundo ni que tuviera pocos amigos, tampoco me costaba usar un celular.

  Perdí. Hace poco heredé el celular de mi hermana Virginia, el cual es un modelo bastante nuevito, reitero, canchero, y que estuvo apto para ser usado después de un arreglo simple. Paso yo entonces a ser uno de tantos que dice “agendame, pasame el tuyo” y mete una mano en el bolsillo en busca de un común denominador. A veces también siento que me cosquillea un poco el culo cuando me mandan un mensaje, porque el aparato vibra.

Pero dejo de ser uno más también del otro montón. No está tan mal.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Séptimo: Solo

  Ya les abriste la puerta y se fueron, Gabriel. Habían caído en tu casa de visita porque era el día de la primavera, porque era el día del estudiante y algunos todavía lo son. Porque son tus amigos, coinciden. Y lo indecible, lo tácito, es que amortiguan la inclemencia de eso que te fatiga y todavía no descubrís qué es.


  No van a leer esto a menos que vos lo quieras, porque nunca leen las estupideces que escribís. Ya les abrís la puerta de calle, decíamos, y rematás con unas risas y comentarios estúpidos tuyos para terminar de pulir ese personaje que tan bien supiste crear. No sea cosa de que te descuides y terminen todos conociéndote (tal vez sí te conozcan pero de nada les sirve decirlo). Qué cursi, decís siempre.


  Cerrás la puerta y se te desdibuja la sonrisa, acaso también le pase a alguno de ellos (acaso a todos). Tu rostro verdadero. Se termina la comedia del personaje, el tuyo, ese que se ríe como los demás y habla banalidades; ese que esperás destruir con sensatez algún día para poder ser vos. Así que chau, nos veremos ya en cualquier momento porque tu casa nunca está vacía.


Pero vos estás siempre solo, aunque es imposible decirlo.