Yo tengo
veintiún años y creo que mis padres todavía no saben que fumo, lo cual es
indiscutible evidencia de mi estupidez. En realidad me gustaría decir que no lo
saben, pero considero que no existen sobre el planeta padres tan distraídos
como para no sospechar, aunque sea un poco, que su hijo fuma. Empecé a los dieciocho como quien dice "a ver",
pero en esa época fumaba con ganas… hoy me parece mucho dos cigarrillos por
día. Lo que acabo de escribir es bueno.
Cuando uno se
acostumbra a darle vueltas al parque Centenario en un valeroso y también
ingenuo intento por embellecerse descubre no sin placer que hay otros
beneficios. La impresión que tiene el novato a mediano plazo es que los
pulmones se fortalecen y el corazón se aleja cada vez más de posibles
enfermedades o infartos. Para una persona que estaba acostumbrada a puro fierro
esto es todo un descubrimiento, y de los buenos. Antes no podía correr el
colectivo; ahora lo corro con ganas y me sobre energía.
La mejor parte
viene los viernes o sábados. Entro a un bar, me pido una cerveza y a los cinco
minutos tengo un cigarrillo en la boca. Le siento un gusto asqueroso, lo alejo
de mi cara para observarlo con minuciosidad y comprobar que es lo mismo que
fumaba antes. Otra prueba de mi estupidez es haber tardado tanto en sentirles
el verdadero y asqueroso sabor, por eso ahora lo estoy dejando de a poco.
De pendejo, yo lo veía como una sugestión
estúpida. Me negaba a entender lo agradable de la bebida, tan amarga como
familiar. Era cosa de grandes, pensaba, así que cuando mi señor viejo se
distraía un momento y dejaba la silla, el televisor, la pava, la mesa y demás
por acción de algo que ignoro, yo me sentaba en su lugar. Ya con el mate lavado
y frío buscaba azúcar en la cocina para ponerle a gusto, lo que por supuesto
eran toneladas… sino no era rico. Quizás le tomé el gusto como quien le roba un
cigarrillo a la tía y se termina convirtiendo en un fumador empedernido.
Siempre digo lo mismo, lo admito,
pero es cierto: no se en qué momento me transformé en una persona que escucha
los Beatles, se deja la barba y toma mate incluso en soledad. Todas esas cosas
van en contra de lo que muchos me habrán considerado alguna vez. Aunque ya no
me deje la barba me sigo descubriendo, solo, frente al monitor y contento con
un termo nuevo para cebar mis mates amargos. Amargos, encima, qué hijo de puta.
El termo es muy bonito, a veces me asusta lo fácil que soy.
La influencia de los amigos no es
omisible, porque más de uno es un poco hippie, y más de uno me ha empujado
hacia el sano vicio. Ahora estoy del otro lado, como me pasó con los Beatles.
Me aburre escuchar a la gente que considera tarados y poco originales a quienes
toman mate, estando tan seguros de que su crítica sí es original. No me perdono
haber pertenecido a esa clase. Pasaron más de diez años desde que yo le robaba
mates a padre; ahora los tomo oficialmente.
No es mi intención escupir odio
como acostumbraba hacer a los quince años, por eso no me voy a explayar
demasiado. No me voy a explayar demasiado, además, porque soy conciente de lo
desagradable que resulta alguien que de todo se queja y todo critica negativamente.
Quiero comentar, y sólo porque tengo ganas, que aborrezco a la gente que se
jacta de estar versada en la lengua
inglesa. Sí, gente que cree estar luciéndose sin llegar a descubrir que en
realidad parecen unos idiotas.
Lo mío no es envidia. Es decir,
yo también se suficiente inglés… pero no me la paso intercalando palabras en mi
discurso patéticamente. Me tocó varias veces cruzarme con personajes
insoportables, con una actitud presumida, por conversar entre ellos a los
gritos en un inglés fluido que la mayoría no tiene. Sí, ya entendí. Ya
entendimos todos. Tenés un inglés fluído, lo cual te ubica en una posición
superior a la nuestra, que solamente podemos recitar la letra de alguna que
otra canción de AC/DC. Sos genial.
Perdón, en serio. Porque puede
ser que alguno de ustedes haga esas cosas y lo último que quiero es que me
manden a la mierda. Pero lo digo de verdad: es insoportable. No tiene nada de
malo estudiar el idioma y disfrutarlo, compartirlo con otros y querer mostrar
nuestro progreso a quien sea practicándolo todos los días, pero por favor… un
poco de humildad no le viene mal a nadie.
(…)
But I, being poor,
have only my dreams;
I have spread my dreams under your feet;
Tread softly because you tread on my dreams.
Que tenía que usarlo. Que necesitaba uno para ellos poder enterarse si volvía a casa, o para corroborar por lo menos que estuviera vivo. Y yo respondiendo que durante tanto tiempo hemos habitado un planeta surcando nuestra existencia de mierda sin un puto celular. No quería ser canchero, uno más del montón.
Pero como Felipe bien decía, terminaba siendo uno más que viene a engrosar el montón de los que no quieren ser uno más del montón. Mi originalidad, sustentada en el hecho de no tener celular, se convertía en una suerte de chiste estúpido muchas veces malinterpretado como rebeldía contra el sistema capitalista. La rebeldía era contra lo que yo consideraba común y propio de la masa insulsa (vamos Gabriel, como si vos fueras superior). No es que me sintiera desconectado del mundo ni que tuviera pocos amigos, tampoco me costaba usar un celular.
Perdí. Hace poco heredé el celular de mi hermana Virginia, el cual es un modelo bastante nuevito, reitero, canchero, y que estuvo apto para ser usado después de un arreglo simple. Paso yo entonces a ser uno de tantos que dice “agendame, pasame el tuyo” y mete una mano en el bolsillo en busca de un común denominador. A veces también siento que me cosquillea un poco el culo cuando me mandan un mensaje, porque el aparato vibra.
Pero dejo de ser uno más también del otro montón. No está tan mal.
Ya les abriste la puerta y se fueron, Gabriel. Habían caído en tu casa de visita porque era el día de la primavera, porque era el día del estudiante y algunos todavía lo son. Porque son tus amigos, coinciden. Y lo indecible, lo tácito, es que amortiguan la inclemencia de eso que te fatiga y todavía no descubrís qué es.
No van a leer esto a menos que vos lo quieras, porque nunca leen las estupideces que escribís. Ya les abrís la puerta de calle, decíamos, y rematás con unas risas y comentarios estúpidos tuyos para terminar de pulir ese personaje que tan bien supiste crear. No sea cosa de que te descuides y terminen todos conociéndote (tal vez sí te conozcan pero de nada les sirve decirlo). Qué cursi, decís siempre.
Cerrás la puerta y se te desdibuja la sonrisa, acaso también le pase a alguno de ellos (acaso a todos). Tu rostro verdadero. Se termina la comedia del personaje, el tuyo, ese que se ríe como los demás y habla banalidades; ese que esperás destruir con sensatez algún día para poder ser vos. Así que chau, nos veremos ya en cualquier momento porque tu casa nunca está vacía.
Pero vos estás siempre solo, aunque es imposible decirlo.
En
el sueño estoy en mi casa, oscura. No es de día ni de noche; no hay momento
vespertino anaranjado ni mediodía fulminante, afuera está la nada, un vacío, un
espacio negro e infinito. Lo normal sería que me perturbara, pero por un motivo
secreto miro en esa dirección para darme cuenta de que no me preocupa lo que
veo.
Sé
que estoy en el comedor y hay una luz prendida, así como hay luz en la
habitación de mi madre. Nadie más está en la casa cuando atiendo el teléfono
que en realidad nunca sonó. Pero no importa quién es, porque eso es irrelevante
para la historia; lo importante es que quiere hablar con mi madre, que está
recostada en su cuarto mirando televisión.
Le
grito que mamá, teléfono, atendé, es para vos. Mamá. Y lo grito más fuerte pero
no me responde. Dejo el teléfono descolgado, total que el otro espere, y voy a
buscarla. Su habitación está al lado así que para entrar tengo que salir al
patio y hacer una curva cerrada. Cuando estoy haciendo esa curva vuelvo a notar
la oscuridad absoluta que parece comerse a la casa toda, deshaciendo de a poco
las paredes y convirtiéndola en más oscuridad. Otra vez yo indiferente, no se
por qué, sin miedo.
En
el trayecto miro el lugar apenas reconocible. Miro mis manos, además, y me
sorprenden infantiles. Entonces ahora se que todo mi cuerpo es el de antaño,
llegando apenas al picaporte.
Entro
para verla recostada en la cama, en la misma posición de siempre al momento de
mirar televisión. Pero el aparato está apagado y ella, firme e inmutable,
sostiene las sábanas por encima de su cabeza, dejando asomar unos dedos
extraños. Por supuesto que no puedo ver su cara, así que me acerco con la
sospecha de que va a ocurrir lo espantoso. Me paro al lado para decir otra vez,
esta vez casi susurrando, que teléfono mamá, que hay alguien del otro lado de
la línea que te quiere decir algo. No importa quién.
No
contesta. En vez de eso deja que mi mano roce con descuido aquellos dedos
extraños, que no son de ella, para bajar la sábana y descubrir lo que en
realidad ya sabía. La tácita certeza del horror es ahora más real que nunca
cuando me encuentro con ese rostro. No es mi madre. Es el rostro de una anciana
moribunda que yo conozco. Es también el de mi madre, sí, unificados ambos en
tono grisáceo, seco y muerto el cabello. Ahora paso sólo un instante indeciso,
sin saber cómo reaccionar ante el pavor que me genera aquello con ojos negros
mirando hacia la nada.
Mi
boca en realidad se abre sola en un principio de asombro cuando me sorprendo pensando
que si el dolor tuviera un rostro sería ese. No me doy cuenta hasta que
gesticulo el sufrimiento y la desesperación por vez primera. Entonces ya no
existe el teléfono, el televisor ni nada más fuera del cuarto; me sofoco porque
tampoco existe el aire, pero me imagino que ya no va a importar cuando mis
pulmones compartan ese destino.
Estoy
por dejar salir el grito desgarrador, así que primero quiero sacudir a la intrusa
y quizás golpear esas mejillas demacradas para que se transformen. Además decirle
que se detenga, que yo estoy mirando y dudo poder controlar el miedo. Pero
justo antes lloro sin lágrimas y me quedo sin voz, queriendo que eso no esté
pasando. Lo mejor sería que fuese un sueño.
Me lo dijo de una manera sutil, pobre buen hombre. Con una sonrisa un poco forzada en esa cara que le quedaría tan bien a un verdugo. Pero más pobre yo, que ya sabía lo que me esperaba. Opté por una sonrisa igual de forzada y una actitud transigente para recibir la noticia.
Me invitaba a sentarme y yo asentía mientras le daba más importancia al futuro inminente. Pensaba en el proceso que atravesaría más adelante, lo cual es para mí no menos que agobiante: buscar trabajo. Y no me refiero al hecho de trabajar, más allá de lo que algún corto de mente entienda, sino más bien al hecho de buscar trabajo.
Que vos te desempeñás bien, que no es tu culpa, que tenemos inconvenientes, que vos sabés cómo es la cosa y que la reputa madre que te parió. Te deseo mucha suerte. Todo acompañado de una condolencia francamente predecible. Me llamarían, aclaró, para que mi angustia y yo pasáramos a cobrar en la semana. Después de dialogar un poco, quizás porque soy excesivamente educado (y un poco tonto) me levanté sin dejar de sonreír y le deseé un buen día.