domingo, 26 de julio de 2015

El escritorio lleno de menta.

  Tuve otro sueño extraño en donde nos encontrábamos. Disculpame, estaba buscando algo que se me había perdido hace tiempo y me di cuenta de que me disculpo demasiado. Perdón por eso. Fingí que había otros y me engañé; existía únicamente yo, y los demás en mi mente. Incoherencias para quien pueda entenderlo, yo sólo desvarío porque no soy intelectual. No soy intelectual, repito después de mí. Mi profundidad está en otras cosas. Te estaba diciendo de eso que busco y no encuentro, me pareció escucharte decir que siempre es mejor llevarse una almohada y enseguida pensé en el sueño terco que no me abandona, en la sensación de estar lejos de la realidad. Debería escribir esto con violeta y negro, así solo vos lo entenderías cuando lo encontraras, dentro de cien años, por gracia de azarosos acontecimientos.



  Nunca hubo otros, decía, y ahora de repente aparecés vos, en la pesada bruma de la cotidianeidad, en un mundo cada vez más cerrado, a punto de colapsar. No sabe qué pasa después de eso. De repente, de golpe, sos real. Tenés peso. Tenés un peso ultrajante que abarca y conmueve. Todo deja de ser monocromático para pasar a ser colorido y sólido. ¿En qué momento cambió todo? ¿Es para siempre? El escritorio lleno de golosinas me pone tan nervioso como este texto mediocre. Yo te vi primero, en la bruma. Vos todavía no me viste pero intuyo que cuando lo hagas te pareceré insignificante, con todo y mi silencioso sufrimiento.

viernes, 22 de mayo de 2015

Aquel perdido para siempre

  Yo admiraba las estrellas desde la orilla y me desentendía de este mundo, con todos sus hombres, sus glorias, sus guerras y pasiones. Tu amistad reclamó mi atención, quizás sin comprender que miraba el cielo en soledad. Me tendiste una mano y yo te corté el brazo. Me pusiste el hombro pero te mordí la yugular. Me quisiste con ternura y yo te arranqué la piel de un tirón mientras dormías. Y me reí de vos cuando vi tu sangre. Al despertar me advertiste algo que ignoré con displicencia, y me reí de vos cuando vi tus lágrimas. Aun así intentaste ayudarme a nadar en un mar de lamento… pero entonces me reí de mí mismo. Me reí de la comedia absurda de los hombres, del chiste de vivir. Te empujé y me dejé hundir hasta el fondo gélido de un océano abismal. Dejé mi guerra, mis pasiones, mis pequeñas glorias y dejé a los hombres encantados con su mundo y sus lenguas vivas y muertas. Las estrellas estuvieron cada vez más lejanas, así que preferí cerrar los ojos… y durante un tiempo fui ausencia. Mientras descendía aletargado, con los astros a mis pies, algo había mutado.


*  *  *


  Fue el peso que hubieras cargado alguna vez sobre tus hombros dolidos el que me arrastró y posaba ahora mi cuerpo tendido sobre aquel fondo accidentado. Cuando abrí los ojos por vez primera te vi con una claridad impecable. Comprendí lo que antes me era ruido. Te vi inmóvil en la superficie, extraño, atento a otra cosa que no era yo. Mirabas para otro lado y no encontré tus ojos por más esfuerzo que hice. Ya no me observabas y por fin estabas en paz. Supe con estupor que era yo en realidad quien no tenía piel y había perdido un brazo. Entonces intenté levantarme pero mis piernas se quebraron; extendí mi brazo restante hacia vos pero fue en vano; quise gritarte y me ahogué. Busqué la llave con violenta tristeza, hasta comprender que era demasiado tarde. Luego, no te vi nítido ya, sino distorsionado por las ondulaciones de la superficie. Cambiante, no te reconocí. Tu rostro fue mil rostros y tus pupilas también. Fuiste otros. La misma corriente que erosionaba mis codos y mis pies amenazó a mis ojos con ser tierra desecha. No pude reír más porque en mi mente arraigó un confuso dolor, y de ese dolor nació otro algo. Lloré sin lágrimas y sin voz. Un entendimiento tuvo lugar en la quieta profundidad: me estaba convirtiendo en algo diferente. Durante un tiempo que no supe calcular, tus ojos mutados siguieron enfocados en otra cosa; mis pupilas oscuras siguieron enfocadas en vos. No sé si te desvaneciste gradualmente o de forma abrupta, ya no lo recuerdo. Mi mundo quedó desfigurado por obra de tu ausencia y acepté que había muerto un poco. Resignó para mí aquel caprichoso destino el sofocante suplicio de hombre solo. Y las estrellas estuvieron cada vez más lejanas.

lunes, 9 de marzo de 2015

Delirios derivados de un lugar misterioso

  Me dijo: "esto es un sueño ¿ves?", y ya estábamos adentro de la habitación. Después agregó otras palabras incomprensibles y dejé de prestarle atención. Abrí un baúl, creo, y salieron cosas pasadas. Miré un dibujo en la pared blanca y atestigüé su expansión vertiginosa hacia formas nuevas, saturadas de colores perturbadoramente vivos. El lugar era chico y las paredes cambiantes; afuera había una pradera harta de pasto y un infinito cielo celeste con nubes pulcras. Esto último lo sabía sin verlo, como si las paredes hubieran sido transparentes.

  Sentía ese universo como una imagen distorsionada bajo el agua, y aun así era más real que esta vigilia. Quizá estuve despierto en ese momento y ahora escribo esto dormido. El ente que me había acompañado ya no estaba, y yo hice un par de cosas más que ya no recuerdo. Desperté tranquilo pero irritado como un nene, teniendo la amarga sensación de que me arrancaban injustamente de mi lugar. Me devolvían a este mundo, pensé, con nosotros, en donde sólo somos una mueca efímera.

  Quise soñar así siempre, o por lo menos más seguido. En la urbe diurna y tumultosa me era vedada la claridad por el bullicio incansable. Observé esa vigilia torpe, sumido con todo y mi incompetencia en el sinsentido de lo cotidiano. En el bondi me senté al fondo, saturado por la alianza del verano con un motor incesante. Miré rostros que olvidaré pero sospecho que mis sueños guardarán para sí, como dictan algunos estudiosos. Mi cabeza y otras cercanas sufrieron momentos de vergüenza basculante... y mis sentimientos mutaron entre ira y tristeza (como todos los días).

  Ya no me reconozco cuando me miro al espejo, y por ahora pienso que eso es bueno. Lo malo es sentir que la vida se me escapa de las manos. Sentirse solo en el mundo es un poco jugar a ser invisible. A veces me sorprendo en los días notando el gesto idiota que tengo, como sorprendido y dolido, como si algo trágico me hubiese azotado. Entonces pienso que eso trágico que me azota es la vida misma. La felicidad hay que buscarla, pero para estar triste no se necesita excusa; acaso sea el estado natural.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Continuidad de un sueño (III)

 No podés leer por el calor, Juan; te arranca de la cama una inquietud pueril. Hay unos golpes del otro lado, además, que no cesan, supongamos producto del medido esfuerzo por ampliar un hogar. En realidad escapa a tu conocimiento el origen del ruido, por eso se te ocurre imaginarlo. Sobre el estante hay un libro que quizás habrás dejado reposado antes de la siesta. Meditás, mientras que con un cuello torcido intentás averiguar cuál es el título que exhibe el lomo, escrutando con mirada escéptica lo repentinamente ilegible, algo que significa nada ante tus ojos.

 Soñaste que estabas en otro tiempo. Soñaste que existías de una forma incorpórea y lo abarcabas todo. Ponerlo en palabras es difícil para vos, Juan, por no ser poeta o hábil escritor. Como pasa con la mayoría de las experiencias oníricas al pasar a la vigilia, la sensación se difumina como una neblina, pero alcanzás a retener algo. De repente tenés la idea de que a lo mejor eso que soñaste era estar muerto. A lo mejor eso es estar muerto, sí, pensás, pero no de una manera turbia o angustiante, sino entendiendo la llegaba del final como la paz absoluta, la liberación definitiva. Te sentís reconfortado.

 Ninguna nimiedad escapa a tus divagues mentales, entonces te preguntás ahora por qué carajo te dejaste la barba, decisión poco acertada cuando la sensación térmica probablemente sea de cuarenta grados. Pero es que no sabés qué dice el libro y la culpa (estás seguro ahora) es del calor y los golpes precisos; programada destrucción más allá de estas paredes por algo o alguien decidido. Estás ya asumiendo el fracaso, además natural y predecible, al mismo tiempo que raspás tu barba con los dedos de la mano izquierda. Cada tanto das unos pasos precipitados para examinarte frente al espejo y descubrir otro pelo impertinente entre lo negro, a veces colorado y otras veces blanco. Te gusta un poco.

 Estás abstraído en tus pensamientos y así dejás pasar un importante lapso de tiempo. Te sorprende saber la memoria un maravilloso laberinto, repleto de recovecos y bifurcaciones que convergen luego en un vasto océano. No sabés por qué pensás esto, pero es evidente que sufrís de ofuscación y ese laberinto que es la memoria en un instante se mostrará alterado, inestable y por momentos inabarcable. Algo te empujará fuera de tu mente y volverá tu atención al cuarto, como si despertaras de un sueño lúcido.


* * *


 No tenés mucho por hacer; difícil admitir que ignorás si es mañana, tarde o noche. De esta forma, y no otra, se convierte tu inmediata existencia en una sucesión de pensamientos fútiles y momentos repetidos. Durante unos minutos has estudiado, con detenimiento, con minucioso coraje, los posibles escapes a este sufrimiento. Increíblemente  no es esa tu preocupación ahora, ni sexo, ni tampoco algo como refutar o confirmar, con fría y terrible certeza, la existencia de un dios benévolo. Por el momento pensás en el calor y en esa barba que fue un error. ¿Por qué, Juan? ¿En qué desafortunado instante decidiste dejar de afeitarte? Pensaste infatigablemente cuánto le temés a ese porvenir, acaso sabiendo (pero imposible decirlo) que con él vendría la muerte, y con ella el olvido.

 Tus preocupaciones son otras ahora, cuando una vez más sentís la barba en tus dedos siniestros. Te perturba no saber en qué momento tomaste el libro ilegible, que ahora descansa sobre tu regazo. En el presente, instante irrepetible en la inmensidad del tiempo, buscás en la nada aquel momento y la razón que te impulsó a leer. No recordás nada anterior a los golpes, a aquellos párrafos póstumos que te espían ahora, a la barba y tus dedos, al calor. Todo lo que precede a esos elementos forma parte de un universo desconocido por vos, Juan. 

 La verdad es que si te pusieras ahora una mano sobre el pecho, no sentirías latidos. Alguna extraña intuición te advierte que debajo de la carcaza no hay ningún órgano. Luego cerrás los ojos e intentás concentrarte, disponiéndote, en un principio inconsciente, a escrutar la forma de tu cuerpo en medio de la oscuridad forzada, algo que se te antoja más violeta que negro. Aguantás la respiración durante unos segundos y no te ahogás. No te ahogás, Juan. Ni tu cara, ni tus manos, ni tus ojos mismos se sienten con el peso que deberían. Una angustia desesperada te invade cuando la idea comienza a tomar forma, cruenta en tu mente. Es terrible y tenés miedo. Crece la hipótesis (y con ella el terror) como una ramificación que se expande tomando fuerza hasta volverse una convicción dolorosa. Tan pronto se hubo hilvanado la idea notaste la ausencia de los golpes extraños. Entonces te has crispado, tenso, y de tus pupilas nació el espanto profundo.

 Sos vos, Juan, un artificio y no un hombre. Sos no carne, sino materia onírica (si puede llamarse así) producto acaso del pensamiento de un hombre, uno con otro nombre y que sí es carne y creador. Te ha creado a vos, Juan, a los libros y a tu cuarto, al espejo, al calor y a los golpes que ya no existen sólo porque así lo dispuso él. Ahora todo es súbito horror porque sos pensamiento y lo descubriste. Es claro entonces qué causa tus extraordinarias limitaciones: tu desconocimiento del afuera y la ausencia de recuerdos anteriores a la habitación. ¿No son acaso ficticios tus ojos? Y es que no hay luna ni sol sobre tu cabeza, pues el cuarto es tu universo completo; tampoco recordás algo anterior a esto porque nada hubo. Comenzaste y terminarás con estas palabras, y quien sabe cuántas otras veces, las cuales por supuesto no te constan, hayas existido y tenido un final abrupto. Quien sabe cuántas veces te ha matado el del otro lado, quizás alguien mediocre, patético, quien hace ahora las veces de demiurgo.

 Con el dolor de saberte quimérico, artificial, vas a dejar caer el libro. Te serán otorgadas las lágrimas que el hombre del otro lado jamás usó. Ahora tuyas, un maravilloso obsequio. Vos, Juan, antes de pasar a ser el olvido definitivo, vas a derramarlas por ambos con un dolor punzante. Las sentirás quemando ojos y un rostro de palidez impetuosa. Ahora, final, ese líquido salino impactará sobre el suelo de tu universo miserable, por el amor extinguido de quienes ya no existen en ningún mundo, y de quienes existen pero ahora están lejanos.




domingo, 31 de agosto de 2014

Escenario inconcluso de un patio y un cielo

Horacio se sintió confundido, así que intentó respirar despacio. Del entorno se sumaban datos vertiginosamente para construir un recuerdo; quiso saber qué momento del día era pero el cielo del patio estaba indescifrable. A la sombra oscura del malvón se agregaba la incertidumbre presurosa de no recordar que tuviera un malvón. Tenía la cara sucia, salada. Creyó al principio que era tierra, después sal, después transpiración. Eran lágrimas. El inmediato descubrimiento vino tenue, sin exaltación ni sorpresa. La memoria remota lo asaltó, difusa como el alba o la luna de un sueño, y se levantó de la silla para caminar un poco hacia el patio que hasta entonces había estado mirando. Lo abrumó algo visceral, así de golpe... era como una amalgama de emociones basculantes entre ira y tristeza. Mala combinación, pensó. También pensó que ya había escuchado antes la frase "amalgama de emociones" pero si le hubiesen preguntado cuándo no habría sabido responder; tampoco sabía por qué pensaba eso. Se fue por las ramas caóticas de su mente y cerró los ojos en apurado intento por acallar los pensamientos. Las emociones también. Se encontró tirado en las baldosas calientes del patio, que era una vastedad envuelta en la noche. Era de noche, mirá vos. Se dio cuenta que era de noche: ahora la soberanía emocional pertenecía a la sorpresa. Tranquilizándose miró la luna llena, clara y fría, derramando luz sobre el patio. Conocía un poema muy lindo que hablaba sobre un patio, una parra y un aljibe. Trató de recitarlo para adentro y de a poco fue sacando de su quisquillosa memoria hasta el último verso. Siempre le había parecido un poema triste.

Horacio cierra los ojos; sabe que la luna está ahí y no se va a ir a ninguna parte. Quiere soñar algo intenso durante unos segundos. Importa poco si ese sueño es hermoso o aterrador. Desea sólo, humildemente, emocionarse, por lo que el sueño deberá tener un peso abarcador que lo conmueva todo, que desfigure su mundo, con su luna, sus arrabales, sus aromas, su memoria, su carne, y su insoslayable identidad de argentino que no quiere ser sudamericano. Sabe que la muerte nos libra del sol y de la luna y del amor. Agradece en silencio que exista gente mejor que él, gente que supo usar las palabras para decir eso. Los versos de un poeta que ha muerto mucho antes de que él naciera son los que ahora roba y defiende celosamente. Horacio llega a los últimos versos en voz alta: “Serena, la eternidad espera en la encrucijada de estrellas”. En ese instante, infinito en la inmensidad del tiempo, el poeta revive. 

viernes, 23 de mayo de 2014

Ensayo ridículo sobre un pato y un lago

Había salido un pato del lago del Parque Centenario y lo corrían divertidos unos perros que, creo, son del barrio. No sé por qué me quedé mirando, aunque sospecho que daba gracia y estaba cómodo ahí sentado. Uno de los perros que acosaban al pato blanco era de una señora que caminaba al lado de mi banco. No digo que sea mío… ¡es una forma de decir! ¡No se vayan a confundir! “Vamos”, dijo la señora aunque no gritando (tenía panza prominente, pobre, pero no tanto). El perro ni bola, creo, por un rato, estaba más concentrado en corretear al blanco pato. Ella repitió su nombre pero si me lo preguntan no me acuerdo, sí me acuerdo de Alejandra sentada conmigo y de la noche también y de que era domingo. Me dijo “mirá, los perros lo molestan y se va lejos, va a pasar la reja” y le respondí despreocupado que no se preocupara, porque seguro no pasaba de donde estaba aquella vieja. Aleteaba con ímpetu en legítima defensa, el animal astuto y confiado se metió entre la maleza. Lo perdí de vista al bicho… lo perdimos, mejor dicho. La tranquilicé o eso quise, “no pasa nada” le dije; “es grande y hay gente, va a estar bien aunque se ausente”. La dueña del perro en eso nos mira y un poco nos conversa con mucha autoestima. Autoestima o canchera, no sé cómo sería, pero prefiero esa palabra porque sino no rimaría. Ya sé, soy malo en esto y no es lo mío, pero estoy aburrido: afuera llueve y hace frío.

Volviendo al tema del pato, que nos concierne, más vale, yo pienso ahora qué habrá pasado cuando le dije eso a Ale. Miró con rareza a la señora del perro y su panza, mientras no adivinaba que yo miraba su cara. Pálida, qué linda, hay que decirlo, con esos ojos oscuros y el pello lleno de brillo. Qué ternura que no sepa que se ve linda nerviosa… ¡se ruboriza cuando está en casa porque mi familia la acosa! Con las mejillas rosadas y las pupilas gigantes parece una señorita de época… elegante. ¡Pero qué tarado, mirá las cosas que digo! ¡Si nadie me controla doy vergüenza seguido! Pero no pasa nada, si mi blog no lo lee casi nadie… lo veo yo nomás y un par más de visitantes. Con gratitud reconozco esas visitas que comentan, es lo primero que veo cuando entro a mi cuenta. A todo esto, como decía, Ale siguió hablando por un rato, distraída. Vaya uno a saber si el pato volvió más tarde, porque una vez leí que el parque es muy grande. Doce hectáreas, siempre lo digo, y agrego que yo corría por ahí con un amigo… todo esto es cierto eh, yo mentiras no digo.

Entonces te comento: a todo esto y con lo del pato yo estaba contento; lástima que era domingo, encima de noche y encima nublado, y sumale que Ale se tenía que ir para otro lado. Pero no importa demasiado, coincidimos ambos dos, porque otro día nos juntamos de nuevo, miramos una peli y tomamos alcohol. O tomamos helado, que es más sano y me gusta de cualquier cosa… lo como incluso aunque le pongan licor mariposa. Nos despedimos del parque en silencio, mentalmente, para que no nos mirara raro la gente. La acompañé a la parada y nos reímos un rato. Llegó el bondi y le di un beso pero le quedé debiendo el abrazo. Igual no pasa nada porque habrá reencuentro… como el parque con el lago y el pato blanco adentro.Vivo cerca del parque, siete cuadras que no es lejos, inminente era la lluvia, me agarró frío y me sentí viejo. Al llegar a casa me miré tranquilo al espejo, mojado y pensativo, para comprobar que soy pendejo. Sobre Ale te cuento que a veces la extraño y es mutuo el sentimiento, sólo espero que me crea y no piense que le miento.


Me fui a dormir más tarde pensando en la integridad del patito, su seguridad física me preocupaba un poquitito. Hasta soñé que andaba mareado al doscientos de Camargo y le preguntaba a la gente cómo volver al lago… y después de dar un par de vueltas manzana apuraba las piernitas y llegaba hasta Antezana. En eso paraba a un tachero empinando un ala cansada, le decía algo en patuno y el tipo no le entendía nada. Igual le respondía, con sublime valentía: “quedate tranquilo que no pasa nada, te está soñando Gabriel reposado sobre su almohada”.


El pato aliviado se subió al taxi para dar un paseo, y en secreto el tachero dijo: “antes de que se despierte pedí un deseo”.

domingo, 13 de abril de 2014

La desesperación secreta

Un miserable, eso era. Andaba por la vida sintiendo el rechazo férreo de sus contemporáneos y saboreando la soledad. Abrió un diccionario y buscó “miserable” en el idioma que hablaba ahora. En otros tiempos, hacía mucho, había hablado esloveno, japonés, mandarín, sajón, armenio. Había mutado de formas y se había disfrazado con identidades varias, sin poder nunca contárselo a nadie. Ese era el trato, no podía decírselo a nadie. Cada vez que cambiaba de cuerpo, aun manteniendo su esencia, olvidaba todo idioma anterior, y todo lugar que hubiera habitado se le antojaba extraño. Aunque percibía fragmentos difusos como, por ejemplo, que ciento cincuenta años atrás había sido un simpático joven inglés, un culto caballero inglés… y luego un misterioso anciano inglés. Perdidos los amigos, los amores, la familia, su memoria era borrada por obra de un mecanismo desconocido para renacer en otra forma. Sabía eso, pero no recordaba todo lo demás. Ni Shakespeare, ni Wilde, ni Dickens. Todo debería ser reaprendido desde las sombras de la ignorancia. Hubo de ser también un joven soldado cubano, a quien fue dada la muerte en un confuso episodio durante un golpe de Estado. Hacía más tiempo todavía, existió como un otomano que a orillas del Tùndzha vio morir a la mujer que amaba y la abrazó en llanto desesperado, pero éstos eran recuerdos indescifrables. Podía morir, pero no podía quitarse la vida deliberadamente, también eso correspondía al misterioso e incorruptible trato. Era un ente especial, dañino pero imprescindible, condenado a una naturaleza monstruosa de la cual le era imposible librarse. Acaso Dios lo necesitara para justificarse. En alguna noche de vigilia se detenía a pensar que quizás su existencia era el infierno mismo, dábase fuerzas al convencerse de que nada tenía demasiada importancia y mejor haría en tomarlo con humor.
Ahora era un argentino que vivía en la capital del país, más precisamente en el centro geográfico de ésta, que hablaba español castellano y se mimetizaba perfectamente como uno más. Los tiempos habían cambiado; podía hacer catarsis en internet y pasar desapercibido, a veces con secreta esperanza de que alguien lo rescatara. Qué difícil no poder hablarlo con nadie. Por eso siempre tenía mascotas… de manera que pudiera acercarse al oído de su gato cuando no hubiera gente cerca y con un dolor desgarrador, con íntimo y contenido horror, susurrarle quién era. Aunque a veces sentía que su sufrimiento alcanzaba un límite, no lloraba, no gritaba ni se volvía loco, porque también de eso era incapaz por naturaleza. Siempre podía sufrir un poco más. Le contaba que aunque no era su intención causaba dolor a todo aquel que amaba, y que lo abandonaban por dañino. Que no era su intención, repetía, que no quería ser quien era. Estaba condenado a una soledad asfixiante. Le decía que todo ser humano se le alejaba, irreparablemente, para siempre.
Así le develaba al gato todo lo que podía durante un rato. El animal lo miraba con magistral indiferencia felina mientras él, inclinándose rendido con unos ojos llenos de tristeza, le confiaba lo secreto, lo indecible: – Soy el diablo, por favor ayudáme.

Después apagaba la computadora y se iba a dormir.