viernes, 23 de mayo de 2014

Ensayo ridículo sobre un pato y un lago

Había salido un pato del lago del Parque Centenario y lo corrían divertidos unos perros que, creo, son del barrio. No sé por qué me quedé mirando, aunque sospecho que daba gracia y estaba cómodo ahí sentado. Uno de los perros que acosaban al pato blanco era de una señora que caminaba al lado de mi banco. No digo que sea mío… ¡es una forma de decir! ¡No se vayan a confundir! “Vamos”, dijo la señora aunque no gritando (tenía panza prominente, pobre, pero no tanto). El perro ni bola, creo, por un rato, estaba más concentrado en corretear al blanco pato. Ella repitió su nombre pero si me lo preguntan no me acuerdo, sí me acuerdo de Alejandra sentada conmigo y de la noche también y de que era domingo. Me dijo “mirá, los perros lo molestan y se va lejos, va a pasar la reja” y le respondí despreocupado que no se preocupara, porque seguro no pasaba de donde estaba aquella vieja. Aleteaba con ímpetu en legítima defensa, el animal astuto y confiado se metió entre la maleza. Lo perdí de vista al bicho… lo perdimos, mejor dicho. La tranquilicé o eso quise, “no pasa nada” le dije; “es grande y hay gente, va a estar bien aunque se ausente”. La dueña del perro en eso nos mira y un poco nos conversa con mucha autoestima. Autoestima o canchera, no sé cómo sería, pero prefiero esa palabra porque sino no rimaría. Ya sé, soy malo en esto y no es lo mío, pero estoy aburrido: afuera llueve y hace frío.

Volviendo al tema del pato, que nos concierne, más vale, yo pienso ahora qué habrá pasado cuando le dije eso a Ale. Miró con rareza a la señora del perro y su panza, mientras no adivinaba que yo miraba su cara. Pálida, qué linda, hay que decirlo, con esos ojos oscuros y el pello lleno de brillo. Qué ternura que no sepa que se ve linda nerviosa… ¡se ruboriza cuando está en casa porque mi familia la acosa! Con las mejillas rosadas y las pupilas gigantes parece una señorita de época… elegante. ¡Pero qué tarado, mirá las cosas que digo! ¡Si nadie me controla doy vergüenza seguido! Pero no pasa nada, si mi blog no lo lee casi nadie… lo veo yo nomás y un par más de visitantes. Con gratitud reconozco esas visitas que comentan, es lo primero que veo cuando entro a mi cuenta. A todo esto, como decía, Ale siguió hablando por un rato, distraída. Vaya uno a saber si el pato volvió más tarde, porque una vez leí que el parque es muy grande. Doce hectáreas, siempre lo digo, y agrego que yo corría por ahí con un amigo… todo esto es cierto eh, yo mentiras no digo.

Entonces te comento: a todo esto y con lo del pato yo estaba contento; lástima que era domingo, encima de noche y encima nublado, y sumale que Ale se tenía que ir para otro lado. Pero no importa demasiado, coincidimos ambos dos, porque otro día nos juntamos de nuevo, miramos una peli y tomamos alcohol. O tomamos helado, que es más sano y me gusta de cualquier cosa… lo como incluso aunque le pongan licor mariposa. Nos despedimos del parque en silencio, mentalmente, para que no nos mirara raro la gente. La acompañé a la parada y nos reímos un rato. Llegó el bondi y le di un beso pero le quedé debiendo el abrazo. Igual no pasa nada porque habrá reencuentro… como el parque con el lago y el pato blanco adentro.Vivo cerca del parque, siete cuadras que no es lejos, inminente era la lluvia, me agarró frío y me sentí viejo. Al llegar a casa me miré tranquilo al espejo, mojado y pensativo, para comprobar que soy pendejo. Sobre Ale te cuento que a veces la extraño y es mutuo el sentimiento, sólo espero que me crea y no piense que le miento.


Me fui a dormir más tarde pensando en la integridad del patito, su seguridad física me preocupaba un poquitito. Hasta soñé que andaba mareado al doscientos de Camargo y le preguntaba a la gente cómo volver al lago… y después de dar un par de vueltas manzana apuraba las piernitas y llegaba hasta Antezana. En eso paraba a un tachero empinando un ala cansada, le decía algo en patuno y el tipo no le entendía nada. Igual le respondía, con sublime valentía: “quedate tranquilo que no pasa nada, te está soñando Gabriel reposado sobre su almohada”.


El pato aliviado se subió al taxi para dar un paseo, y en secreto el tachero dijo: “antes de que se despierte pedí un deseo”.

domingo, 13 de abril de 2014

La desesperación secreta

Un miserable, eso era. Andaba por la vida sintiendo el rechazo férreo de sus contemporáneos y saboreando la soledad. Abrió un diccionario y buscó “miserable” en el idioma que hablaba ahora. En otros tiempos, hacía mucho, había hablado esloveno, japonés, mandarín, sajón, armenio. Había mutado de formas y se había disfrazado con identidades varias, sin poder nunca contárselo a nadie. Ese era el trato, no podía decírselo a nadie. Cada vez que cambiaba de cuerpo, aun manteniendo su esencia, olvidaba todo idioma anterior, y todo lugar que hubiera habitado se le antojaba extraño. Aunque percibía fragmentos difusos como, por ejemplo, que ciento cincuenta años atrás había sido un simpático joven inglés, un culto caballero inglés… y luego un misterioso anciano inglés. Perdidos los amigos, los amores, la familia, su memoria era borrada por obra de un mecanismo desconocido para renacer en otra forma. Sabía eso, pero no recordaba todo lo demás. Ni Shakespeare, ni Wilde, ni Dickens. Todo debería ser reaprendido desde las sombras de la ignorancia. Hubo de ser también un joven soldado cubano, a quien fue dada la muerte en un confuso episodio durante un golpe de Estado. Hacía más tiempo todavía, existió como un otomano que a orillas del Tùndzha vio morir a la mujer que amaba y la abrazó en llanto desesperado, pero éstos eran recuerdos indescifrables. Podía morir, pero no podía quitarse la vida deliberadamente, también eso correspondía al misterioso e incorruptible trato. Era un ente especial, dañino pero imprescindible, condenado a una naturaleza monstruosa de la cual le era imposible librarse. Acaso Dios lo necesitara para justificarse. En alguna noche de vigilia se detenía a pensar que quizás su existencia era el infierno mismo, dábase fuerzas al convencerse de que nada tenía demasiada importancia y mejor haría en tomarlo con humor.
Ahora era un argentino que vivía en la capital del país, más precisamente en el centro geográfico de ésta, que hablaba español castellano y se mimetizaba perfectamente como uno más. Los tiempos habían cambiado; podía hacer catarsis en internet y pasar desapercibido, a veces con secreta esperanza de que alguien lo rescatara. Qué difícil no poder hablarlo con nadie. Por eso siempre tenía mascotas… de manera que pudiera acercarse al oído de su gato cuando no hubiera gente cerca y con un dolor desgarrador, con íntimo y contenido horror, susurrarle quién era. Aunque a veces sentía que su sufrimiento alcanzaba un límite, no lloraba, no gritaba ni se volvía loco, porque también de eso era incapaz por naturaleza. Siempre podía sufrir un poco más. Le contaba que aunque no era su intención causaba dolor a todo aquel que amaba, y que lo abandonaban por dañino. Que no era su intención, repetía, que no quería ser quien era. Estaba condenado a una soledad asfixiante. Le decía que todo ser humano se le alejaba, irreparablemente, para siempre.
Así le develaba al gato todo lo que podía durante un rato. El animal lo miraba con magistral indiferencia felina mientras él, inclinándose rendido con unos ojos llenos de tristeza, le confiaba lo secreto, lo indecible: – Soy el diablo, por favor ayudáme.

Después apagaba la computadora y se iba a dormir.

domingo, 2 de marzo de 2014

El camino al desamor

25 de Julio / 2013


 Creímos que podíamos querernos, hasta que tu monstruo terminó por comerte desde adentro, aunque hubieses pensado siempre que estaba del lado de afuera. Ni mi esfuerzo desmedido ni mi sumisión consciente a tu maltrato pudieron evitar que tus sentimientos bascularan peligrosamente entre una imagen de Gabriel maravilloso y Gabriel monstruo, como te pasaba también con otras personas. Al intentar contarte sobre las sospechas generales de que sufrías algún grado de paranoia, delirando intenciones macabras, tu agresión se potenciaba y amenazabas con lo peor, con lo que más me lastimaba de alguien que quería: el rechazo, el abandono y el olvido. Hoy, como siempre, viajaba en el veinticinco y cuando por breves lapsos mis párpados se encontraban, pasaba a sentirme despegado de la realidad, el tiempo transcurría distinto y con eventuales despertares miraba los rostros pasajeros desde lejos. En plena secuencia de conexiones oníricas te recordé; se me ocurrió que si hoy murieras hablaría con tus viejos, que no me conocen, para saber el lugar de tu entierro. Te llevaría un ramo de jacarandá porque sé cuánto te gusta y un poema de Borges que me conmueve profundamente.
 A veces imagino que lloraría… otras veces, que son mayoría, imagino que escupiría tu epitafio; depende siempre del humor que tenga. Basta recordar tu peor faceta, la predominante, para odiarte. No sé muy bien cómo se llora… supongo que me invadiría la congoja y pensaría lo incómoda que es esa palabra; sentiría lo mismo que ahora pero con la cara mojada. Se me pasarían muchas cosas por la cabeza, sobre todo los versos de ese poema que todavía me reverbera fielmente. Me acordaría de la vez en que te regalé una copia, con letra chiquita, pensando que podrías llevarla en el bolsillo con cariño, y ese fue un regalo tan valioso como sincero. Pensaría en la parte que dice “ya no es mágico el mundo, te han dejado” porque es uno de mis versos preferidos; nunca llegué a saber cuál era el tuyo. Pensaría en todas las cosas que te representan… en tus miedos, tus pasiones, tus rencores, y en todo aquello que me confiaste entre mates secretos porque pensábamos que nos queríamos mucho. Encima “mucho”… pero qué estúpidos. Pensaría en todas las atrocidades finales que dijiste en tu vasta imbecilidad, en tu profunda estupidez, sabiendo que lo único acertado fue que nunca íbamos a poder llevar una buena amistad.
Acaso guardes todavía ese poema secretamente representando en un rincón de tu mente lo que podríamos haber sido, en lugar de haberlo destruido en un torbellino de ciego infantilismo (de cualquier forma, ya no me importa). Eso pensaba hoy en el veinticinco camino a casa -te juro-, en mi reacción si por un impredecible acontecimiento pasaras a ser polvo. Te extinguirías en la memoria de otros, estoy seguro, mientras yo te recordaría… eso sí, con rencor, como el veneno que sos. 
Pero bueno, al menos no dejaría que te arrastre el olvido.

domingo, 9 de febrero de 2014

Tragedia sin título

Ya no le temblaban las manos, estaba en paz. Agarró el fierro que estaba sobre el escritorio y sintió una oleada de sensaciones. El frío metal y el peso en su mano le recordó la primera vez que lo sostuvo, en una noche calurosa del bajo.
–Guacho –le decía el flaco- ta re piola loco, mirá que anda joya. Y al decir “joya” arrastraba la ó con un entusiasmo gracioso. Pero Horacio no se reía, miraba el fierro y de a poco acostumbraba la palma seca al contacto con el mango. El teléfono del tipo se lo había pasado Pablito, y a lo mejor le creyó cuando dijo que era para comprarle gilada porque quería probar un poco, ver qué se sentía y demás excusas calculadas. Recordó con apatía todo el proceso de adquirir el arma definitiva, de salir a un mundo de chapas y tiros que afirmaba la fragilidad absoluta, la gloria al revés. Había pensado que sería irónico morir de un tiro ahí, por la billetera o su celular mediocre, justo esa noche, sin llegar a concretar él mismo su propio destino.
Horacio apagó la computadora y el ruido del gabinete que creía imperceptible cesó de forma abrupta, devolviendo a la habitación el silencio sepulcral que normalmente daba paso de la vigilia al caprichoso sueño. Durante unos segundos escuchó su propia respiración.
–Construimos un puente hacia aquellos que amamos –dijo en voz alta, pensando un poco en rostros que la memoria había difuminado tristemente, dejando algunos rasgos pobres.
Soltó el 38. Enseguida puso la hoja debajo de una lámpara que le proporcionaba luz tenue pero suficiente y estirando el brazo con sutileza tomó la birome que había sobre el estante de arriba. Tantas cosas se le pasaron por la cabeza… la carta era para su amiga. Quiso empezar a escribir pero no supo cómo. Quería decirle que a veces no es fácil decir las cosas, que la extrañaba, que perdonara la decisión que había tomado. Quería agradecerle su amistad. “Perdoname” puso. A continuación quiso escribir que la quería mucho, y a los demás también, pero que esos puentes se derrumbaban; se desintegraban y caían como arena entre sus dedos. Que al principio no entendía su desinterés, pero que después de un rato se había dado cuenta de que eso era rendirse. No sabía cómo explicarlo. Quiso también decirle, pensando que ella lo entendería, algo así como que se alejaba inexorablemente del mundo y de poco le servía aferrarse a la vida. Por eso tomaba esta decisión. Que no había sabido empezar de nuevo, carajo, ese era el problema. –Puta que me parió –dijo, con énfasis en la primera sílaba, y de nuevo su voz corrompía el silencio que llenaba el cuarto –hice todo mal. Giró un poco la cabeza y sintió cómo le temblaba el mentón. Supo que  por primera vez en años iba a llorar.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Decimosexto: Despedida

  Anoche soñé que comías pan y me besabas. No sé por qué, en realidad no le encuentro mucho sentido… ni siquiera me gustás. Sentía tus labios carnosos y tu lengua de mujer inquieta llena de migas. No me dio asco ni excitación. Silencio y nada. Te miraba calmo, sosegado, y vos me preguntabas asombrada por qué no lloraba. Ahí me desperté.

  Desde mi infancia no lloro. Olvidé la sensación pero a veces trato de imaginarla. Me gustaría ser de esas personas a las que les resulta relativamente fácil gozar del inminente mentón tembloroso; en cambio, todo el dolor que tengo que digerir lo termino sintiendo como una piedra pesada en el estómago, amplificado hacia el odio más puro. El proceso me convence de que no hay nada merecedor de lágrimas. Intentaría decir que te aprecio, pero hasta donde lo merezcas (que viene siendo poco). Si existe un sentimiento más intenso que podría tener hacia los demás sería, en todo caso, una mezcla de asco y rencor. Mis únicos héroes son mis muertos, quienes no pueden ya decepcionarme y serán para siempre figuras del pasado rígido. Los vivos tarde o temprano traicionan cobardemente por beneficio propio. Predomina el gen egoísta y para nadie se es indispensable. Los ciegos tantean, sumidos en la bruma de la inercia, en busca de algo que no existe… el verdadero amor está en otras partes y no en el beso novelesco apasionado, ni en el abrazo meloso de un hipócrita que te clava las uñas en la espalda, ni en el “te amo” superfluo de una parejita cuasi-adolescente, ni en el feliz cumple con el que te saluda un personaje desaparecido motivado por el compromiso, ni en comentarios sensibleros de redes sociales. El verdadero amor está en lo siempre tácito, en esa camaradería confundida con insensibilidad, en el humor que reemplaza al patetismo teatral, en quien te avisa del puñal que viaja a tu espalda, en los amantes con transparente y desvergonzada promiscuidad que se dejan ver desnudos y tenues en una habitación de oscuridad veteada por la Luna y la ciudad. No esperes hasta el final para despertar. Sé el martillo que golpea al yunque y no al revés; subí para ver el escenario desde lejos y reírte de tu ridícula tristeza trocada en polvo vil. Labrado ya el carbón serás diamante inalterable y moldearás aquello que antes te moldeaba.

Tengo que decirte algo pero no sé si lo vas a entender ahora: hace un tiempo que ya no soy tu fantasma. Me fui para siempre. Nos volveremos a ver; cuando me mires a los ojos y no me reconozcas vas a tardar un poco en descifrar qué cambió. Voy a sentir tu cara variar de la sonrisa curiosa al gesto estupefacto de sorpresa, con la misma cara imbécil que pone un nene cuando entiende que el perro muerto no volverá. Querías que me convirtiera en algo mejor y lo hice. Ahora soy demasiado para vos.

domingo, 6 de octubre de 2013

A la amante




He sabido ver la Luna por la ventana
y de tus párpados trémulos resbalar la luz.
He sabido perturbarme en la vigilia del verano,
indefenso e inútil contra tu mejor sueño.

Acaso estuve en él y no lo supimos,
olvidado al despertar todo rostro fugaz
de aquel ámbito, sin derecho interrumpido
al volver tus ojos de la ilusión.


Así como el desfile de la Luna serena
y el percibir imposible de su rumbo astral,
intangible aquello que bajo tu almohada
hubo florecido presuroso, hermoso o atroz.

Cerca, un retrato sepia que supo ser
furtivo recuerdo de un beso y un puente.
El sentir infinito el momento, recuerdo,
fue también el sincero quererte.




domingo, 8 de septiembre de 2013

La purga

  


  Un cambio profundo estaba operando en él. Miró hacia abajo y vio cómo todas esas figuras se movían a la distancia. Entre la bruma estiraba un brazo creyendo que entendía las formas, que podía tocarlas, pero cuando supo lo equivocado que estaba le dio vergüenza. Antes estaban cerca pero era él quien ahora se había alejado. Dejó morir el amor y se juró nunca más. NUNCA MÁS, se dijo. Punto, mayúscula, nunca más, punto final. Y con eso terminó de matar a su otro costado para ser león de una puta vez. Nunca más patética mariposa. Se miró esas alas coloridas buscadoras de amor, esas alas tiernas. Le dio vergüenza, entonces se las arrancó con ira visceral. Dejó crecer garras, dientes afilados y pelaje invernal. Ahora era agresivo hermético, y le pareció que eso, a su manera, también era hermoso pero sin ostentar la empalagosa sensiblería de antaño. Se sintió más fuerte que nunca y siendo león no entendió cómo antes podía haber sido mariposa.

  La mejor parte vino cuando se miró al espejo y no sintió nada. Dejó de vivir atormentado de sentidos, sufriendo el dolor en silencio frente a la indiferencia ajena; dejó de intentar hablarle a los sordos. Quién hubiera dicho que perder toda esperanza (en los demás) fuese encontrar la paz… tan bien se sintió cuando comprendió eso que no fue necesario irse de este mundo. Hizo de su caída un ascenso, para poder mirar hacia abajo y reír con crueldad de la mariposa que fue... y de todos aquellos ingenuos que todavía lo eran.